miércoles, 13 de marzo de 2013

Al lector

   Como "cronista" estoy altamente orgulloso. Entre ayer y hoy recibí mis dos primeras cartas: Una de un lector, la cual me pareció fantástica. La otra fue un escrito lleno de rencor que no tiene nada que ver con mis escritos pero igual lo remito porque no deja de ser una "carta".
   Al primero, antes que nada le digo gracias, tanto por los halagos como por la buena predisposición para el diálogo y la crítica constructiva. Le aclaro que tengo total conciencia de mi persona y hasta donde alcanza el conocimiento de mi historia personal, sé que no soy Roberto Arlt. En base a esto, también sé que no tengo razones para apurarme a publicar privándome casi de correcciones previas a la publicación de la crónica en este medio.
   Pero permítame decirle que lo hago solo para cumplir las reglas de un juego divertido, donde busco esa obligación de publicar día a día y a la vez la ya mencionada diversión que me provoca. Entiendo sus opiniones y las aplaudo, porque me parecen de una lucidez extraordinaria, una amplia visión global tanto de la literatura como de las relaciones humanas. Sé también que ya le respondí en forma privada y que leyó mi respuesta.
    Pese a eso, se lo digo a él y a todos, voy a seguir con la idea de una por día, de nuevo, por el juego.

   Ahora, a la segunda carta también voy a responderle con sumo respeto. Esta carta no la envió un lector del blog, hasta donde yo se, por lo cual es probable que no lea la respuesta. También le respondí en forma privada diciendolé lo que pensaba acerca de lo que había escrito y espero que lo entienda y le surja la necesidad de responderme, sabe que soy un poco fanático de las batallas.
   Lo único que voy a darle es una especie de consejo o algo así, qué se yo: no se puede vivir con tanto rencor, o si se quiere sí, pero habría que encontrar una forma de canalizarlo y aprovechar la energía.

   Bueno, habiendo contestado y escrito, ahora que lo releo, algo terriblemente aburrido, pido disculpas a los que pasen por aquí queriendo o sin querer por tener que leer esto, aunque en realidad es su decisión. Yo no los obligo a leerme diariamente ni mucho menos, solo lo comparto como alguien les puede cebar un mate o puede tener una conversación. Creo que a todas las personas que escriben les gusta ser leídas, los que dicen que no es como que les siento un olor a hipocresía.
   Mañana va a haber una nueva crónica y pasado también, así todos los días que pueda hacerlo porque quiero seguir jugando este juego que me provoca placer y diversión. Los invito a jugar también a ustedes, haganló, con lo que quieran hacer, lo que los conmueva, lo que los llene, busquenló y si tienen que mostrarlo, las puertas están abiertas por todas partes. Sé que tengo aún millones de cosas que aprender y mejorar, pero me gusta pensar que esas cosas van a suceder con la práctica, con la valentía y las ganas.
   A los que leen, les digo gracias; a los que no, nada porque no lo van a leer; y a los que siguen este blog de una forma u otra, los felicito, y no porque me lean a mí o vayan a aprender algo nuevo o se vayan a reír con furia o tengan la inminente posibilidad de descubrir una verdad absoluta, sino porque, como tantos, están dándole la posibilidad a alguien no solo de escribir (ya que para eso -un poco contradictorio a lo que dije arriba- no se necesita lectores) sino de jugar, de divertirse en momentos donde la alegría se encuentra constantemente amenazada.

martes, 12 de marzo de 2013

Argumento

                                                                                    A la memoria de Saer.


   Como ando algo corto de ideas, hoy la hoja en blanco se presenta como un enemigo formidable, invencible. El cuadernillo me mira ir y venir haciendomé el boludo, la lapicera escupe insultos de tinta, y la terraza me llama como escape de la tarea de escribir. El llamado del afuera se hace fuerte, tengo que hacerle caso, así que así como si nada me armo un cigarrillo con sumo cuidado y lentitud, bien prolijito. Me levanto de la silla, abro la puerta, estoy en la escalera, ahora estoy estando en el primer escalón, pero ¿estuve estando estando o estoy estando estuve estando en el primero y ahora en el segundo? Subo la escalera, segundo piso ascensor, en realidad no hay ascensor, pero me estoy dejando llevar por aquel tango un poco viejo. Llego a la puerta de la terraza que por suerte no está con llave porque me la olvidé colgada al lado de la puerta. Abro la puerta, la terraza se expande ante mí con su vasta inmensidad de dos metros por tres, me trepo al tapialcito, me siento con los pies sobre la chapa del techo. Prendo el cigarrillo que larga el humo que es seguido por el que se desprende de la primera pitada, por un instante estoy cubierto por humo. Estoy sentado y pienso qué puedo escribir, así sigo un rato sin que se me ocurra nada; miro a lo lejos y a lo cerca. Al frente las ventanas de un edificio me revelan a un hombre frente a un monitor, no sé si está haciendo su trabajo o boludeando en el facebook. Miro otra ventana y veo el consultorio odontológico que siempre observo, con la esperanza de recibir un saludo casual de la doctora algún día, pero ahora no hay nadie. Cruzando la calle los colores verde y amarillo me revelan el cartel de la Petrobras donde hay algunos autos y un playero parado como esperando que pase algo, totalmente descuidado de que alguien pueda estar pesando en él o siquiera mirandoló. Al otro lado de la terraza algunos árboles se mezclan entre los edificios y pienso: "qué ciudad más linda, porque si te parás a alguna altura ves cómo el verde vegetal se entrelaza con el gris opaco del cemento". Miro el cielo y descubro que hay pocas nubes. El humo del cigarrillo atraviesa los techos y va a parar a la base de un tanque de agua donde una paloma intenta proteger su frágil nido del viento. Hace algo de frío, pero es agradable. Escucho a la ciudad y descubro que a esta hora tiene como su propio ritmo, cierta melodía constante. Se escuchan golpes de varios martillos y raramente coordinados crean un sonido algo agradable, aunque más extraño que bello, digamos. Sigo pensando que no se me ocurre nada para escribir y que el cigarrillo en cualquier momento se va a acabar y voy a tener que enfrentarme al destino ineludible de volcar las palabras pensadas en un papel. Entonces estoy estando en la terraza mientras el tiempo y mi cigarrillo se consumen a la par. La puerta se cierra por el viento y la dejo así, no hay razones para bajarme aún del tapial. Desde la mínima panorámica que ofrece la terraza se logran ver algunas personas que cruzan la calle, hablan por teléfono. Para un carro tirado por un caballo al lado de unos autos. El viento no ofrece tregua, sigue soplando y arrastrando una masa de frío que va para el sur. El sol ilumina y aplaca la piel de gallina. Al cigarrillo ya casi no le queda nada. Yo sigo estando estando en la terraza. Miro cómo la brisa juega con el humo. La paloma ya se rindió y sin que me de cuenta en algún momento salió volando. Se fue como el cigarrillo que termina de consumirse. Lo tiro, bajo del tapial y abro la puerta de la terraza. Encaro la escalera. Bajo lentamente. Llego al segundo piso y prendo la luz como para ganar alguna milésima de segundo. Sigo bajando la escalera, ya estoy a mitad de camino. Llego ante la puerta de mi departamento, La abro, dejo el encendedor sobre la mesa, me siento frente al cuadernillo. Como ando algo corto de ideas, hoy la hoja en blanco se presenta como un enemigo formidable, invencible. En fin, hoy no se me ocurre qué escribir, voy a esperar hasta mañana.

lunes, 11 de marzo de 2013

Se busca toldo

   ¡Qué hermoso quilombo! La ciudad, mierda che, hace un ruido terrible. Si uno quiere levantarse temprano a sentir ese olorcito a mañana, con el sol brillando en lo alto y una brisa que recorre las habitaciones tiene que bancarse los estrepitosos sonidos de la calle. Vivir en un séptimo u octavo piso es una de las soluciones, pero cuando la ventana está a unos pocos metros de la calle, la mañana es ensordecedora. Y después uno se pregunta porqué la gente corre a recluirse entre sus cuatro paredes.
   Entre los camiones descargando materiales en la construcción, la gente y sus gritos por celular, las alarmas de todos los estacionamientos sonando, la impaciencia de las bocinas, todo hace de la mañana un momento de mierda. Esa es una de las causas por las que defiendo la vida nocturna. Porque de noche uno se reencuentra consigo mismo, puede dejar las ventanas abiertas con la única amenaza de una polilla perdida que entra a suicidarse en un foco; a la noche no hay casi colectivos, no hay constante circulación, no hay ni siquiera pájaros que cantan, y ojo, esa es una de las desventajas.
   Recuerdo momentos de la infancia cuando en la casa de mi abuela lo único que se escuchaba cuando te despertabas eran pájaros, pájaros de todas las formas y colores, con cantos que se sincronizaban; gorriones, horneros, benteveos, cardenales, y todos libres, volando o parados en alguna rama. Ahora de pedo se escuchan las palomas que te hacen nido en el hueco de la ventana y cuando te despertás la gente ya anda corriendo a los gritos, los motores son constantes bombas a los oídos, el mundo te grita en la cara todo el tiempo que está lleno de humanos, humanos que contribuyen cada uno un poquito al insoportable murmullo general.
   Lo peor del caso es que uno lo asimila, lo acepta, lo defiende consciente o inconscientemente. Para ver una película, por ejemplo, tenés que recluirte de todo contacto con el mundo exterior para escuchar alguna cosa, sino te conformás con los subtítulos, pero al menos que tengas un equipo de amplificadores no se escucha nada. De noche todo es diferente, uno está en su mundo, los únicos ruidos son de vez en cuando el chasquido del encendedor, el agua hirviendosé o el dar vuelta la página de un libro.
   Generalmente, a los que viven de noche, les pasa que quedan un poco marginados, por una cuestión de desencuentros, pero es natural que se los vea (las pocas veces que pasa) mucho más tranquilos que el resto durante el día. Porque no tienen asumido el ruido, no aceptan esas perturbaciones sonoras, sus cuerpos han fabricado anticuerpos; y después de haber pasado todo el día despiertos hacen el sacrificio de no acostarse en toda la noche para poder dormir todo el día siguiente y así evitar el sufrimiento de la luz solar y sus condiciones urbanas.
   Acepto que levantarse a la mañana, tomarse unos mates y salir a vagar por ahí representa una sensación grata; pero el ruido, la gente empujandosé, los autos tocando bocina, es toda una combinación de actos que le quitan todo encanto,
   La noche es de uno mismo, es un momento mágico, la hora de la inspiración, de los amantes, del vaso de vino, de la oscuridad y todo lo que ella esconde detrás de cada esquina. Pero no es solo poesía y magia, no, la noche es fiesta, es baile, es gente desatandosé; la noche es amigos filosofando con el mate lavado hasta que amanece; la noche es terminar trabajos atrasados que hay que entregar al otro día; la noche es el suplente del día, ese que entra a darte la última chance, el que va a meterte el centro para que pongas la cabeza y hagas el gol. Y ya que estamos con metáforas futboleras, como dijo el Bambino, "Me gusta tanto la noche que al día le pondría un toldo".

viernes, 8 de marzo de 2013

Secretos de un Lineman

   ¡Las cosas que uno puede llegar a hacer para vivir! por favor, yo soy juez de línea. Sí, juez de línea; el tipo ese que levanta la banderita al costado de la cancha para que vos lo putees después de haber gritado ese gol del empate en el último minuto que no valió porque el siete estaba en offside, el tipo que sacude la banderita para decirle al árbitro que el arquero la sacó con la mano afuera del área y lo tiene que echar, el tipo que se come los insultos más bajos del ser humano por señalar el lateral para un lado y no para el otro; el tipo sin nombre.
   Los lineman somos el último eslabón del fútbol, los que no tenemos ni la mitad del poder del árbitro como para sacarle una amarilla a alguien porque te cagan a trompadas. Llegamos al predio todos juntos después de caminar como quince cuadras en el medio del campo desde donde te deja el Oeste. Entramos por el costado, medio saltando un alambrado, nos metemos en el vestuario, saludamos a los que ya llegaron, nos calzamos la ropa negra, el reloj cronómetro, agarramos el banderín, nos subimos las medias hasta la rodilla y vamos a la cancha.
   A veces llegamos temprano y nos sacamos las ganas de ser nosotros los que jugamos al fulbo, tiramos un par de tiros al arco, echamos unos centros horribles, volamos de palo a palo para atrapar un disparo espantoso, nos bajamos la adrenalina futbolera al máximo como para poder hacer nuestro trabajo sin culpa, sabiendo que por lo menos nosotros no pagamos por jugar.
  He visto arquitectos orgullosos de sus mansiones terminadas diseñadas por ellos mismos, médicos abrazados y felicitados por colegas después de haber terminado con éxito una operación peligrosísima, futbolistas ovacionados por hacer un gol con la mano, pero nunca en mi vida he escuchado un "bien juez" por haber cobrado bien un offside. El trabajo del lineman es peligroso, humillante, pero alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que agarrar ese maldito banderín y levantarlo con una rectitud que no muestre una gota de indecisión, pararse derecho y quedarse inmóvil esperando ser advertido por el árbitro para anular esa jugada increíble que seguro iba a terminar con un 4 a 4 histórico y agónico porque el nueve la fue a buscar en vez de dejarlo al cuatro que picaba con lo último que le quedaba, habilitadísimo.
   Pero he terminado por darme cuenta que ya no voy a trabajar por la plata, sino que ya le he agarrado el gustito. Me levanto los sábados a la mañana, me preparo el mate, escucho algo de música, me voy al quiosco a cargar la SUBE y a comprar cigarrillos y un poco antes de las doce ya estoy en la parada esperando el micro junto a mis colegas. Los cuarenta minutos de traqueteo constante en el colectivo se han convertido en un masajeo necesario; me bajo allá donde el aire se respira distinto, saco un cigarrillo y camino unos veinte minutos "hasta donde termina el asfalto" y llego al predio donde se erigen los cinco estadios donde los titanes de la borrachera del viernes se disputan el honor y la gloria del duelo sagrado que es el fútbol; duelo que luego deberán festejar hasta la nueva resaca del domingo o lamentar en las copas insulsas de una noche que intenta borrar la tristeza inconsolable del sábado a la tarde.
   Ellos son los héroes, nosotros los testigos y responsables de su fiesta o su miseria. El árbitro mira el reloj, se lleva el pito a la boca y marca el inicio de la guerra futbolera; los líneas nos paramos derecho al último hombre y desde allí miramos pasar la pelota delante de nuestros ojos, señalamos los laterales, marcamos el offside, nos aguantamos las puteadas de esas hinchadas conformadas por amigos aún un poco borrachos y jugadores lesionados; somos jueces de línea, defendemos el honor y la gloria de las leyes, repudiamos a quienes atentan contra ellas, nos calzamos la responsabilidad enorme de ponerle sentido al juego.
   Al final de la jornada, ya cambiados, preparados para volver a casa, echamos una última mirada atrás, miramos esas canchas mal pintadas, a veces hacemos un comentario sobre algún partido, somos indiferentes al presente, pero por dentro se sabe, todos sabemos, que no vamos a poder levantar esa bandera heroica hasta el próximo sábado.

jueves, 7 de marzo de 2013

El héroe cotidiano

   Ayer miraba la entrevista que el gallego ese que ha entrevistado a todos los genios le hizo a Cortázar (muy buena de hecho) y me quedé pensando en uno de los temas que trataban. Cortázar decía que nunca había podido trazar esa línea ilusoria que separa lo fantástico (término que a él nunca le cerró del todo) de la realidad. Entonces empezó a girarme por la cabeza esa idea de la necesidad de aferrarse a lo real, a lo tangible, a lo que nada nos cuesta creer que es posible.
   Hacer cosas posibles no es nada complicado, carece completamente de heroísmo, valentía o sagacidad. Es triste pensar en la falta de aventura que hay en las vidas de hoy. Hernán Casciari en un cuento publicado en Orsai que se llama El móvil de Hansel y Gretel hace referencia justamente a esto y también Dolina en "La venganza será terrible" y en algún texto suelto cuenta y da instrucciones acerca de vivir aventuras y ambos lo definen muy bien. Es que vivir aventuras es justamente eso que le pasaba a Cortázar, salir un poco de la realidad, alejarse de lo cotidiano, de la rutina de todos los días.
   Con esta breve introducción podemos llegar fácilmente a la conclusión que para vivir aventuras hay que ser valientes. Y ¿Qué es ser valientes? pues simplemente cometer estupideces, arriesgarse a fallar, a rozar las sinuosas cumbres de la vergüenza, a destruir los estereotipos facilistas que nos consumen.
   Si algo nos han enseñado las películas yanquis es que a pesar de los consejos que alguno de los personajes les da al protagonista sobre la valentía, "que ser valiente no es sacrificarse, inmolarse o cometer alguna atrocidad contra la propia vida o prácticamente suicidarse ante una horda de zombis o una lluvia de meteoritos", el tipo va y lo hace y se convierte en un héroe, ya sea por suerte o eficacia, triunfa.
   En la sociedad de hoy, donde con suerte nos atrevemos a hablar con el tipo que está adelante de nosotros en la cola del Pago Fácil, vivir aventuras es cada vez más complicado. Pero para hacerlo no es necesario enfrentar a un criminal, tirarse a rescatar a una vieja que está a punto de ser atropellada por un auto junto con todas sus bolsas de las compras o bajar un gatito de un árbol, no, para nada; para ser valientes no hace falta nada más que desafiarse a uno mismo, que encontrar ese punto endeble de nuestra persona y destruirlo.       Porque es increíble la cantidad de tiempo que se pierde pensando las cosas, visualizando el después o el mientras tanto de nuestros actos sin que en ningún momento se nos pase por la cabeza ir a hacerlo, atreverse a fracasar.
   Hace falta animarse a quedar mal parado, a recibir un cachetazo o el golpe doloroso de un no bien puesto como un gancho en la mandíbula. Ser valientes es justamente eso, enfrentarse a lo que no parece posible, a lo que nunca vamos a poder hacer. Para hacerle un chiste a la cajera del supermercado no se necesita valor; pero para decirle a una mina que te gusta hace falta verdadero coraje. Para hacer algo que nos descoloque, que no nos quede cómodo hay que tener ansias de aventura.
   Entonces, como dice Dolina, hay que proponerse cometer alguna estupidez de vez en cuando: tocar un timbre cualquiera y quedarse a esperar a ver qué pasa, pintar una pared con aerosol al frente del edificio donde están los tipos que controlan la ciudad con cámaras, decirle a esa mina que te voló la cabeza, putear a un policía y no sé, miles de cosas más.

    Después de todo este tratado sobre el coraje, la valentía y las claras ventajas de cometer estupideces, me queda la aburrida tranquilidad de aceptar mi cobardía, más que nada la certeza de saber que en mi vida casi no hay actos de valor. Aunque quizás esta es mi cobarde manera de ser valiente... por lo menos hoy, no me voy a sacar la duda. O sí.